“No todos los días se ve morir a Cristo, pero casi.
Hay muchos santos y vírgenes, incluso Cristos, y ya no se diga de Dioses. Que no sorprenda, en ese sentido, si hay un Cristo que vive en Iztapalapa. Si a final de cuentas la mamá de Cristo --o por lo menos una de tantas-- es mexicana; si hay un cristo que era venezolano y que su nombre era Hugo Chávez, que por lo pronto, ya hasta hijo tiene; otro que es argentino y la iglesia lo respalda, mientras conforman --y en este sentido forzosamente--: Dios Padre: Armando Maradona, Dios hijo: Lionel Messi; y el vicario de ambos: el Papa Francisco, lo que hace visible la intuición de que, por tanto, el Espíritu Santo es claramente Argentino”, dice Francesc Messeguer.
La muerte de Cristo es Pop. Es decir, la representación de su muerte es una interpretación de la misma, y por tanto está llena de simbolismos: es una metáfora.
Música y mucho ruido es lo primero que escuché, debo admitir que algo de miedo o confusión reinaba en mi ser. Lo que uno escucha cuando se habla de Iztapalapa no es ni seguridad ni tranquilidad.
Caminamos los largos pasillos, cada vez se acercaba más aquella luz, no precisamente era la muerte; aunque al escalar aquellos escalones repletos de gente y salir del metro lo llegué a pensar. Digamos que no es el lugar más bonito pero aún así decidí seguir con el cometido: llegar a la cúspide del famoso Cerro de la Estrella en este viernes santo.
Al salir a la calle, me sentía como perro perdido. No sabía hacia donde ir ni de quién fiarme; los policías no eran opción, los vendedores tampoco. En ese mundo desconocido todos eran enemigos para mí, así que la mejor opción era seguir al mar de gente, repito como perro.
Empezamos a ver torretas y cientos de elementos de la policía, así que fue una señal de que íbamos por buen camino; además de ir hacia arriba claro.
Lo único que me conflictuaba era ver a los fieles bajando con sus cruces, íbamos en sentido contrario a ellos y supuestamente todos van a ver el momento de crucifixión.
Sin darles mayor importancia, seguimos subiendo, encontramos unas escaleras y posteriormente un monte de tierra que escalamos a pesar del polverío que se levantaba con el viento.
La gente bajo los árboles acostados ó sobre sus mismas cruces mostraban el cansancio del mismo camino recorrido por Jesucristo de Iztapalapa.
La gente interioriza la Pasión a tal grado, que se dice convencida de que si a Cristo le pasó lo que le pasó, ellos no están exentos de vivir una experiencia similar, aun cuando le recen mucho a Dios para que suceda lo contrario en ésta, la Pasión de todos los años. Porque la Pasión de Cristo lleva más de 170.
Al ver a todos esos fieles recordaba lo que unos días antes me había contado Roberta; una amiga de la familia. Ella me comentó el surgimiento de la tradición:
“La leyenda dice que el pueblo de Iztapalapa se vio azotado por una epidemia, la gente empezó a morir y se les ocurrió realizar por primera vez la representación del vía crucis. Supuestamente, con esto la epidemia ceso y desde ese entonces se realiza dicha tradición”, afirmaba Roberta.
Posteriormente, llegamos se escuchaba a Poncio Pilato hablando, las tres cruces hasta arriba del cerro que alguna vez vimos en televisión estaban ahí ante nuestros ojos. La gente se veía muy contenta y concentrada en el evento.
Niños, hombres y mujeres de todas las edades estaban presentes, intentamos llegar hasta las cruces pero nos encontramos con la sorpresa de que todo estaba cercado.
Estábamos muy tranquilos y yo pensaba que no pasaría nada hasta que llegara Jesús. Me llevé una sorpresa, vimos en las pantallas gigantes como Judas se colgaba con una soga.
Buscando un lugar para visualizar todo el movimiento vimos a un personaje que ya no puede faltar a ningún evento mediático en la actualidad; el señor Bon-Ice. La sed y el calor ya habían hecho de las suyas con nosotros así que mi compañero Francesc y yo decidimos refrescarnos con aquel producto de mango con chile.
De pronto, se escucharon los instrumentos de aliento metálicos. Eran la tuba y las trompetas, se acercaban vertiginosamente. Eso nos alertó, Jesucristo estaba cerca, preparamos la cámara y buscamos un hueco entre la gente para observar la llegada del protagonista al cerro.
Los tambores retumbaban, empezó a llegar el ejercito romano; la paleta de color en éste cuadro era predominante el rojo. Las vestimentas y la sangre que derramaba Cristo se entremezclaban.
Los caballos y los soldados marchaban y latigueaban a Cristo, la representación es bastante real.
“¡No le peguen!” Gritaba una aficionada al ver pasar a su ídolo, la pasión es transmitida literalmente a todos los seguidores.
Supimos por el audio local que el actor protagonista, también de nombre Jesús, sólo se había desvanecido una vez en el camino; como si fuera poco.
Tan pronto llegó al Cerro de la Estrella todo se empezó a nublar, es cómo si los organizadores hubieran mandado a hacer efectos especiales para atraer a la lluvia, al viento y que los rayos del sol solamente tocaran las cruces a lo alto de aquel cerro.
Con esta representación es como si hicieran enojar al mismo Dios, en lo personal mi escepticismo no me dejaba creer que cada viernes santo llovía, aquí comprobé que es real. Es un fenómeno muy extraño, en el clímax de la puesta en escena es como si se detuviera el tiempo y todo se enfocara en dicha tortura de Cristo.
La lluvia ahuyentó a muchos, entre ellos a mi y a Francesc. Regresamos por donde vinimos recorriendo aquel largo camino hasta nuestras casas.
La pasión de cristo es todo un evento mediático y de entretenimiento; pudimos comprobar que vivimos en una sociedad con mucha ideología y creencia. La gente se entrega completamente a dicha tradición y son un sin fin de sentimientos encontrados.
A pesar de todo, el ambiente que se vive es muy familiar y muy tranquilo. La idea que teníamos de aquel lugar ajeno a nuestra realidad es algo muy apegado a la sociedad mexicana en general.
El fanatismo y la pasión son dos sentimientos que llevan a todos los católicos en éste caso a reunirse en ésta tradición. Se reportaron que aproximadamente se dieron cita dos millones de personas durante toda la Semana Santa.
Es un evento que todo mexicano debe vivir en carne propia, un evento que los medios difieren y que la realidad es otra totalmente.
Por Luis Gerardo Muñiz





